viernes, 9 de septiembre de 2016

Grábatelo en la mente y en el corazón

Una vez más quiero dejar de darle vuelta a las cosas y ser muy clara.  A veces intento describir cómo se siente aquí dentro, pero siempre me estanco, hay algo que me detiene y me jala a no escribir más. Como si ese ‘algo’ supiera que mi salvavidas es esto; escribir. Como si se asegurase de destrozar todo lo que me importa y me saca a flote para sumergirme en la inmensa oscuridad. Ese ‘algo’ sabe que no sé sondear del todo el abismo, que mis alas se quebraron, que estoy en una constante caída libre. Pero a veces creo que ese ‘algo’ no es inmisericorde, pues me seda de vez en cuando, de esta manera dejo de sentir, es en esos momentos en los que más peligro presento ―reflexiono cuando empiezo a sentir una vez más ―porque nada importa, de igual forma todos vamos a morir, ¿qué importa si es antes o después?  Sólo no quiero que nadie más toque mi vida. Me han preguntado si quisiera que me mataran y aunque algún día lo pedí, en realidad no, no quiero que nadie la tome, quiero tomarla yo.
Cuando nada importa veo pasar los días a través de mi ventana, puedo quedarme en cama todo el día, la tarde y la noche, pero en ese estado de apatía total se cuela por una rendija la voz de mi madre, me llama y yo acudo para que no sufra, para que no le duela mi estado deplorable que ni siquiera a mí me importa, pero a ella sí. Quizá sea porque me dio la vida, la depositó en mí creyendo que sería feliz y estaría agradecida de la vida que me dio, ¿cómo hacerle saber lo contrario sin destrozarla? Guardo silencio.  Sonrío. Y es cuando sonrío cuando se abre paso el dolor, sin darme cuenta me arrolla, empiezo a sentir poco a poco, poco a poco, poco a poco… despierto, pero con dolor. Las lágrimas emergen y yo intento regresarlas a su lugar sin que se derramen, sin que haya testigos, para evitar preguntas incómodas, para no tener que mentir. No sé qué hacer cuando llega ese ‘algo’. Me siento incapaz de hacer cualquier cosa, incluso lo que se supone me gusta, sólo quiero que se termine todo, que me cubra la oscuridad, que me cubra el cuerpo… el alma.
Hay otros días en que despierto de sueños tan irreales, pero mucho más agradables que esto que llamamos ‘realidad’, me muevo pesadamente de mi cama a la ventana, corro la cortina, miro el cielo con o sin nubes es maravillosa su inmensidad ante nuestros ojos; los árboles susurrando de alguna manera para que no los escuchemos;  las aves alzándose a lo lejos, presumiendo su vuelo;  los cerros, el aire, la vida… Es tan sorprendente, es tan bello. Me pregunto por qué, ¿por qué tal majestuosidad me desgarra el corazón? ¿Por qué quiero escapar de esto? Siento que no hay nada para mí, que he llegado demasiado lento, demasiado tarde.
La música me gusta, creo que es el arte que derrumba a las demás. Es la música la que me mantiene en agonía…
No niego que hay días enteros en los que trato de llegar a una respuesta adecuada a mi pregunta constante: ¿desde cuándo me siento así? Aún no me doy la respuesta que me llene de satisfacción. Sé que fue en mi niñez, sé que fue ahí. Hace unos días recordaba un viejo joyero musical. Al abrirlo salía una bailarina blanca, cuando le dabas cuerda sonaba una melodía que me hacía sentir muy melancólica, pero no sólo era eso, la bailarina me inundaba de tristeza porque pensaba ‘¿por qué debe bailar por siempre al ritmo de esta melodía tan triste?’, pero aún así la miraba por largos minutos, embelesada. Así es, desde pequeña he sentido algo oprimiendo mi corazón. Es algo muy estúpido a mi parecer.

No hay nada peor que la esperanza, cuando la razón te dice que nada va a cambiar, hay algo que nace de algún lugar y te dice ‘aguarda’, eso es la esperanza. No le temo a la muerte, hay tantos caminos para llegar a ella, hay caminos largos y cortos; angostos y estrechos; oscuros y luminosos como el sacrificio. No temo dar el paso, pero algo me detiene y ese algo creo que es la maldita esperanza. Para ver que no todo es tan malo y que puede cambiar. Una vil mentira.
Es probable que no logre acoplarme nuevamente a la vida como si no hubiese pasado nada. Es difícil mantener la postura cuando siento cómo mis entrañas se revuelven y se queman, cuando siento cómo mis miembros tiemblan y mis palmas sudan cuando siento que mis ojos se cierran somnolientos y cansados. Mis sueños se rompen y se alejan en trizas, llevados por el viento. Mi voz se pierde a lo lejos, a la distancia en mis pensamientos. Mi cuerpo quiere un abrazo, pero me siento tan débil como para siquiera aguantarlo. Mis oídos pidieron palabras que no llegaron. Mi alma quiso ser acariciada una vez más, mi razón dijo «no más». No más...
        Las letras que dejé se oxidaron. Mutilé lo único que me aferraba. Pareciera que el miedo se quiere apropiar de mi cuerpo, mi mente y mis ideas. Lo sólido se vuelve agua y se escurre entre mis dedos, la vida me abandona.

Todo día tiene su noche, hay un sol y una luna. Diario es lo mismo, una y otra vez por los siglos de los siglos. No estoy feliz de mi existencia. Vivo en un intermedio, arrastrada por el deber, pero más arrollada por el querer. Creo que la única persona que me lloraría sería mi madre, la única que se lamentaría sería ella, sí, sería ella. Me duele ver a mi madre tan cansada de la vida como yo, pero tan aferrada, tan aferrada… Cada día, al despedirme de ella una lanza me atraviesa el corazón, torpemente intento ocultar las lágrimas que derramo en el camino. Y me voy, me voy a un lugar que no quiero a hacer cosas que no quiero y a mirar a personas que no quiero.
            Me siento más y más lejos de todo y de todos. Como el perro que sabe que ha de morir, cada vez más y más, huraño y solitario. Desde hace mucho tiempo estuve en espera de la primavera, pero nunca vi su cercanía, no volví a sentir felicidad sino tormenta.
No me arrepiento de nada sólo de haber nacido, pero esa no fue mi culpa. Miro el calendario y pienso «Ya va a anochecer», y es que pronto va a anochecer y no volveré a ver el día ni la tarde, no veré más a los traidores ni a los amigos ni a los desgraciados ni a los orgullosos, no veré el espejo. Será la noche más larga y silenciosa, será la noche en la que cierre alegre mis párpados y piense «todo es mejor ahora».

Hoy una voz en mi interior me dijo: Grábatelo en la mente y en el corazón; nunca nada será mejor.
                                                                                                                         - R.A. -